Lo fantástico y peligroso de no tener que pensar
A la empresa de Cupertino le encanta la gente que no quiere pensar. Y el caso es que a mi, de momento, me sigue gustando hacerlo.
Estas son las dos frases que han generado una oleada de comentarios en mi post de ayer sobre Apple. Una pequeña flame war en toda regla que se ha desmandado un poco y a la que prefería tratar de añadir mi pequeño punto de vista y aclaración en un post por separado -"¡oportunista, oportunista!"- en lugar de hacerlo en los comentarios.
Para empezar, chapeau. Gracias a todos por no perder las formas ni el tono. A pesar de que ha habido algún comentario un poco más agresivo, da gusto ver que el debate está siempre apoyado en argumentos intersantes, sean experiencias personales o no.
Creo que lo más importante es tratar de aclarar esa frase a todo el mundo y especialmente a Kike, que me calificaba de “ignorante, prepotente e inconsciente” al publicarla. Si creyera que Kike es un trollaco aplicaría esa sabiduría zen que hace tiempo que me hace ignorar ese tipo de críticas, pero debo reconocer que en cierto modo ese comentario mío no fue demasiado acertado. O más bien, no fue expresado de forma demasiada acertada.
Por supuesto que a la empresa de Cupertino le encanta la gente que no quiere pensar. A ella y a todas. Es lo que quieren. Que no pensemos. Tanto para lo bueno -que todo funcione a la primera, que sea seguro, que sigamos las miguitas de pan para no meternos en berenjenales- como para lo malo: que no consideremos alternativas, que no nos salgamos del tiesto, y que nos sintamos felices en esos jardines amurallados en los que todo es ideal de la muerte. Todas quieren clientes
tontosfelices que no compliquen las cosas. Que no se quejen. Que se vuelvan dóciles.
Eso sería fantástico si todo fuera tan bonito como lo pintan esas empresas, pero lo cierto es que ninguna cuenta toda la verdad. Todas nos quieren solo para ellas, y Apple no es una excepción. Ni Google. Ni Microsoft. Ni tantas otras. Pero también sería peligroso, porque no pensar nos lleva a no plantearnos si existen alternativas, y si alguna puede ser mejor para nosotros.
Esas dos frases pueden sacarse de contexto y dar la impresión de que efectivamente soy un ignorante, un prepotente y un inconsciente, pero las digo precisamente en un contexto en el que creo que es necesario plantear alternativas. Que puedan ser mejores o peores (para cada cual) o que puedan ajustarse más o menos a nuestras necesidades es otro tema.
Lo he dicho más de una vez: soy todo un agnóstico digital. He probado un buen montón de productos hardware y software, y al final lo que me importa es que me compense usarlos cuando decido hacerlo. Me compensó (muchísimo) usar el Amiga, y descubrir Linux, y trabajar con Windows o (Mac) OS X. Que supongo que es básicamente la historia de todos los usuarios de tecnología (o de otros productos). Buscan, comparan, y si encuentran algo mejor, lo compran. El problema es que no busquen ni comparen. Aunque lo que encuentren sea peor. Yo valoro más la libertad que me ofrecen otras plataformas a la hora de meter mano, pero entiendo y respeto completamente a quienes prefieren aprovechar ese ecosistema tan pulido de Apple en el que precisamente el mérito es el de (casi) no tener que pensar para hacer nada. Lo han hecho muy bien, pero yo prefiero otras aproximaciones en las que sobre todo domine esa capacidad de elegir.
Porque no tener que pensar es fantástico. Pero también es muy, muy peligroso.
Nota: Insisto por si alguien sigue sin pillarlo. Cuando digo "no pensar" no digo que los usuarios de los productos y servicios de Apple no piensen. Eso es una burrada, y lo demuestra el hecho de que un porrón de desarrolladores usan Macs para crear verdaderas maravillas, y lo mismo ocurre en otros ámbitos de las artes y las ciencias. Me refiero a esa otra consecuencia de pensar. La de plantear alternativas, la de valorar si lo que uno está usando compensa realmente en todos los sentidos.